Todo va a estar bien

Abrí los ojos. Me había despertado un leve movimiento, un roce en mi mano. Prendo la luz del buró, vi que eran las 4, volteé a mi lado derecho y la vi. Su rostro arrugado, sus ojos cansados y en sus manos resaltaban las manchas de sol por exponerlas toda su vida y sus venas de un ligero color azul. Me dice con voz de niña que piensa que va a ser regañada:

—Me hice del 1.

Le sonrío, no me quedaba de otra. La ayudé a levantarse y de su lado de la cama estaba mojado y una mancha más oscura que las sábanas delataban lo que había pasado. Caminamos hacia el baño al fondo del pasillo, le quité la ropa y ella se cubrió sus pechos con sus manos.

—No me vea, que no le conozco.

Hace unos años habría retrocedido y alterado de sobremanera, ahora solo le sonrío y le dije:

—Todo va a estar bien Bodoca, todo va a estar bien.

Al decirle eso, le saqué una sonrisa y la terminé de desvestir. La metí a la regadera a que se bañara con agua tibia, como le gustaba. Mientras, me fui a alzar las sábanas y juntarla con la ropa sucia. Me agaché y al alzar la casa, me vi al espejo. Vi cada una de las arrugas que en mi cara habitaban, cada una de las manchas que la hacían ver más acabada y vieja. Mis ojos azules se resaltaban por mi cabello gris con pinceladas de blanco. Desde hace unos años ya había aceptado el cambio d mi cuerpo y me sentía bien por eso. Había tardado mucho en la adolescencia en aceptar lo que soy y parece que la madurez daba sus frutos.

Me fui por las sábanas bañadas en orina y cuando estaba juntándolas, un grito me hizo detenerme al instante.

—¡Caín, ¿Dónde estás?!

Tiré las sábanas. Casi nunca me llamaba por mi nombre, sólo lo hacía en casos especiales o cuando estaba en problemas, como era en este caso. Corrí hacia el baño y me encontré con un desastre. El champó, unas cremas que le daban en el súper por ser mayor y sus manos cubiertas de mierda, casi me hacen salir corriendo a vomitar o a pedir ayuda.

Ella comenzó a llorar al pensar que la iba a regañar como a una niña de 4 años cuando hace una travesura, una peor de la que ya hizo, y su papá la cacha con las manos en la masa. Ella seguía llorando.

—Solo…quería…un poco de champú…

Dijo y cayó al suelo, sobre un pedazo de excremento y se manchó las piernas. No podía enojarme, no quería enojarme. Avancé hacia donde estaba y la ayudé a quitarse los pedazos cafés malolientes de su cuerpo gracias al teléfono de la regadera. No dejaba de llorar. Cuando terminé de limpiarla, apagué la regadera y agarré una toalla verde olivo. La envolví en ella y alcé su cara para limpiarle las lágrimas.

Al ver sus ojos cafés, hinchados por el llanto, me remonté a cuando la conocí. Ella trabajaba en una botica del centro. No recuerdo el nombre del lugar ni que en calle específica estaba, pero la recuerdo perfectamente a ella. Cabello escondido en su nuca por una cola de caballo, vestido gris con blanco, delgada, su rostro intencionalmente chapeado.

Su nombre era lo poco que recordaba de ese día, Lisa Mendoza. Tenía 20 y yo 29. Me costó trabajo que ella se enamorara de mi pero al final lo logré. Nos casamos un 24 de marzo, hoy hace 50 años y aunque ella no lo recordara, por lo menos uno de nosotros lo hará.

La abracé, empecé a llorar igual y las lágrimas caían sobre la toalla.

—¿Algo pasó, papito chulo? dijo Lisa, mi esposa, pensando que yo era su padre.

La volteé a ver y sonreí.

—Nada, mi Lisa, nada. — Dije yo, Caín Fuentes.

Fue entonces que los primeros rayos del amanecer se hacían presentes.

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