Delicatessen

Odio mi vida. Odio despertarme a las 5 de la mañana. Odio levantarme y meterme a bañar. Odio que siempre se me haga tarde, pero sobre todo odio lo que siempre desayuno. Ese cereal insípido con leche agria y un plátano obligatorio me hacen querer volver a mi cama y que me de muerte de cuna, aunque tenga 21 años.

Lo que disfruto y hace que esas ansias desaparezcan es lavarme los dientes. Si, leyeron bien, lavarme los dientes. Es una actividad que me parece exquisita y, con suma delicadeza, sigo un ritual que mi padre y hermana lo clasifican como “Religioso.”

Comienzo con entrar al baño. Debe se estar con mi cepillo de dientes en un vaso de vidrio de la cocina con las cerdas volteadas a 90° a la derecha, con la pasta de dientes cerrada a 5 centímetros del vaso, sin productos de belleza regados por todos lados y, mucho menos, tener el cepillo de mi hermana cerca del mío, como mínimo a 1 metro de distancia. Todo lo ordeno un día antes, sin excusas y sin retrasos.

Agarro mi cepillo y lo inspecciono. Reviso que esté en buenas condiciones y las cerdas estén limpias y no dobladas y viejas. Evito que me ocurra lo que me pasó hace un año, en que mi hermana cambió los cepillos y no me di cuenta hasta después de lavarme los dientes y sentir restos de su pasta dental sabor hierbabuena. Qué asco. Quería vomitar y morirme en el instante. Fue un día trágico y donde decidí ser así meticuloso con el estado de mis utensilios dentales.

Abro la pasta de dientes y le pongo 2 centímetros del material blanco sobre el cepillo, sin pasarme ni ponerle menos de lo debido. Cierro la pasta y la dejo en la posición donde estaba. Con cepillo en mano, cierro los ojos y lo meto en mi boca. Cuento hasta 5 y empiezo a tallar en círculos del lado derecho, siempre empiezo de ese lado y me acomoda hacerlo.

Cuento hasta 30 y cambio de lado. Repito la acción 4 veces y ahora paso a tallar los del frente. Con los molares y los colmillares limpios, agarro el vado de la cocina y le pongo agua hasta la mitad, no mas y no menos. Hago gárgaras y buches y lo escupo en el lavabo. Repito la acción tres veces, para después usar el agua que me sobró para lavar mi cepillo y echarla al lavabo.

Después me doy la libertad de dejar el cepillo junto a la pasta y salgo con el vaso para dejarlo en la cocina. Así puedo superar mi odiosa vida.

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