Mañana soleada, por G. Ramos

Bajé por las escaleras del metro Coyoacán y corrí a abordar el que recién había llegado. Ya adentro, saqué una hoja amarilla doblada dentro de mi libreta de pasta suave color negro y la volví a leer.

Querido Sr. Ramos:

Le informo que mi padre ha accedido a tener la tercera entrevista que usted había solicitado desde hace ya más de un año. Sé que usted lleva enviándonos cartas pa que le demos una tercera entrevista y llena nuestro buzón, cosa que enojó bastante al General Medina, mi padre si no lo ha deducido hasta este momento, así que me pidió que le enviara esta carta. Le digo que usted le ha ganado a un señor de 98 años. Espero que esté orgulloso de eso. Le adjunto la dirección a donde lo citamos el 7 de noviembre a las 11:10 AM.

Lo estaremos esperando y ansío que no nos deje plantados. Mi padre es muy quisquilloso y se enoja con facilidad.

Atte.: María Elena Medina.

La carta había llegado a mi buzón hace dos días y al momento de verla me remitió a el primer momento en que entré a su casa de la colonia Florida. Era 6 de noviembre de 1990 y empezaba a llegar el frío invernal. Llegué temprano a la casa del general, donde me recibió su hija, María Elena, con su ropa de enfermera y maquillaje barato. 

—Usted es el señor Ramos ¿No?

—Si.

—Llega tarde. —frunció el entrecejo y entró a la casa, le seguí. 

Era como si entrara a la casa de mis abuelos. Muebles de hace unos 30 o 40 años, piezas de porcelana francesa hechas en china, un escalón te conduce a la sala y al comedor, en el cual colgaba un candelabro de la misma edad que el general. 

María Elena se volteó y me dijo en un tono monótono:

—El General está arriba en su estudio. Lo lleva esperando ya una hora. 

—Pero apenas son las 10:50 y…—alcé la cara y ella ya no estaba. Se había metido a la cocina y me había dejado un mal sabor de boca.

Mis manos sudaban y las limpiaba con mi pantalón para no causarme una gran humillación con el general. Subí las escaleras con sumo cuidado y entré al primer cuarto, que para mí ventaja era el estudio. Encontré a un viejo con su pijama de cuadros puesta y cubierto con más de 3 capas de cobijas de lana y cómodos chales. Lucía que estaba dormido con sus lentes puestos y con un libro en mano. Me senté en una silla frente a él y contemplé las fotos y condecoraciones que tenía colgado en su pared. Condecoraciones de gobiernos que ya no existen, fotos con Obregón, Villa, inclusive una con Huerta. Lo que resaltaba era el sable de caballería con su montura dorada y el escudo nacional resaltado en la funda. 

—Era el sable del General Contreras…. Un gran amigo mío… el cual lo mató el general Calles….  y lo recuperé años después…—dijo el General Fausto Medina con una voz ronca y aguardentosa, sacándome un susto, haciendo que saltara.

Lo voltee a ver y me estaba viendo con sus peculiares ojos azules resaltados por sus lentes. Su rostro estaba serio, su libro cerrado y mis manos no podrían estar más frías. 

—¿Empezamos? — volvió a hablar y rápidamente saqué una grabadora de voz, la activé y la dejé en una mesita que estaba entre nosotros. 

—Vamos a…—me interrumpió el general.

“En la madrugada del 9 de febrero nuestros oficiales nos subieron a varios trenes eléctricos con dirección a la plaza de las armas. Estábamos cargados con nuestros fusiles Mondragón y la Ametralladora Rexer, la cual yo cargaba junto con mi compañero y mejor amigo Gonzalo Gómez. Nos habían dicho que íbamos a apoyar un levantamiento contra el Gobierno y el que no le gustaba, que lo discutiera con la Luger del Oficial Torres, nuestro oficial en jefe. Ninguno tuvo o el valor o la idiotez de desertar.”

Escribía una que otra nota en mi libreta de pasta suave mientras el general continuaba con su historia. 

“Éramos de una escuela de revoltosos, sin mucha disciplina militar, pero con armas y ganas de matar al que se nos ponga enfrente. Llegamos a la Plaza de Armas y nos apostamos alrededor de la misma. Yo me fui con Gonzalo y nos apostamos en la azotea del edificio del Monte de Piedad. Conocía a mi amigo desde que éramos vecinos de Tacubaya y siempre fuimos muy cercanos.” “Salió el Sol y aún nadie disparaba. Reinaba un silencio de ultratumba y parecía que ni los que estaban en Palacio Nacional ni nosotros queríamos comenzar. El amanecer llegó y con él, el primer disparo proveniente de una de las torres de Catedral también lo hizo. Así comenzamos un intercambio de disparos que duró unas cuantas horas.”

“Habíamos logrado controlar Palacio Nacional por unos escasos minutos, hasta que el General Villar nos sorprendió por la retaguardia e hizo prisionero a la mayoría de nosotros, con excepción de Gómez, un oficial llamado Vital Felguérez, y su servidor. Ya habíamos abandonado el Monte de Piedad y estábamos huyendo por 5 de mayo hasta San José el Real. (actual Isabel la Católica) Nos resguardamos en una papelería que forzamos la entrada y amagamos al dueño para que no saliera de chismoso. Esperamos unas horas, hasta que vimos a los Generales Mondragón y Félix Díaz acompañados por varios hombres leales. Nos unimos a ellos y avanzamos a la Ciudadela. Ahí tuvimos un enfrentamiento con las unidades allí apostadas. Me hirieron y también a Vital, y nos retiramos a un edificio en Ayuntamiento y Rinconada de San Diego (Hoy Balderas) recientemente abandonado, donde nos escondimos para que me curaran a mí y a Vital. Lo mío fue en el cuello, pero fue superficial…” 

Se descubrió el cuello de lado derecho y me mostró la cicatriz. 

“Pero lo de Vital se veía más grave. Le dieron en la pierna y no le dejaba de sangrar. Intentamos pararle la hemorragia con un torniquete, pero era mucha. Antes de morir acercó mi cabeza a su boca y me susurró: Dile a mi madre…que…no quería…casarme…con…María… Sonrió y cerró los ojos, muriendo ante nuestros ojos. Buscamos una manta y lo cubrimos con ella. Después de eso, no volvimos a salir…” 

En ese momento llegó María Elena para decirme que la hora ya había terminado. Repliqué, pero no sirvió de nada. Era como pelear con un muro de concreto, solo te rompes los huesos. Recogí mis cosas y salí de la casa. María me había dado solo dos entrevistas, la segunda iba a ser dentro de una semana y estaba ansioso de volver a su casa. 

El andén comenzó a andar y volví al presente. Saqué mis notas sobre el General Medina para refrescar mi memoria. Una de ellas cayó al suelo y la volví a recoger, Al verla me sorprendió mucho al ver que era la hoja de la segunda entrevista. Esa fue en la madrugada del 12, a un día de volver a su casa. Mi teléfono sonó a esas horas. Era María Elena. 

—Es el General, señor Ramos

—¿Qué pasó? ¿Qué le pasó?

—Se despertó en delirio. Pregunta por usted y su amigo, el general Contreras, de que ustedes dos le van a hacer una entrevista.  

—¿Porque no esperamos hasta mañana? —dije y colgó. Agarré unos vaqueros, una camisa limpia y de pura suerte tenía las llaves del Tsuru de mi amigo Julián. 

Salí de mi departamento en la Condesa y llegué rápido a la casa del general. Me volvió a recibir la hija del general, pero esta vez con un café y en pijama. 

le agradecí la taza de café y ella me contestó con un “de nada” muy desanimado y sin vida. Sonreí, subí las escaleras y me encontré al general envuelto en chales y cobijas, pero ahora con su uniforme de federal puesto y sus condecoraciones. Me senté, volví a sacar mi grabadora y la puse en el mismo lugar que hace una semana. Estuve a punto de decirle algo cuando me interrumpió. 

“Estuvimos ahí toda la Decena. Juntamos la comida de la casa en el cuarto donde nos apostamos, que era el de la esquina superior izquierda que daba a la calle, y ahí pasamos uno de los peores momentos de la historia de la nación. En el segundo día cortaron la luz de la ciudad, así que hicimos una pequeña

fogata. Al tercero se reanudaron los enfrentamientos en la Ciudadela. Tropas del Chacal (Huerta) aparentaron enfrentar a los rebeldes en la ciudad, cuando en realidad estaban pactando. Ese mismo día se destrozó el reloj chino.”

“Al cuarto día los bombarderos a la ciudad se intensificaron. Dispararon a las procesadoras y grandes almacenes gringos y nacionales. La cárcel de Belén también fue bombardeada, causando la liberación de varios reos. El cuarto día fue cuando se nos complicó las cosas para nosotros. Uno de los reos llegó junto con una pequeña banda al edificio donde estábamos y forzaron la entrada con una bomba. Entraron y empezaron a disparar a diestra y siniestra. Los mantuvimos en raya y los hicimos huir, no sin antes herir a Gonzalo en el brazo. No fue grave, lo pude tratar con un torniquete y con poco de alcohol que encontramos le esterilicé la herida. La noche cayó y oíamos cómo seguían bombardeando la ciudad y los disparos por todas partes. Nos quedaba poca comida.” “El quinto día fue donde todo cambió. Nos despertó con un fuerte estremecimiento. Dejé a Gómez porque estaba muy cansado y herido. Me paré y fui a la azotea. Vi que había impactado un proyectil en el edificio de al lado. Mientras estaba viendo la destrucción y el fuego que iniciaba en ella, un proyectil chocó con el edificio donde estábamos. Salí disparado y caí en una pila de ropa y telas del edificio de al lado. Mi madre diría que fue un milagro, y en ese momento yo igual lo hice. Salí del edificio y pude ver que el proyectil destruyó el cuarto donde me encontraba hace unos minutos, junto con mi fiel amigo.”

“Entré a lo que quedaba de la habitación y lo vi mal herido…” Una lágrima cayó de su mejilla. “Me acerqué para intentar salvarlo, pero fue inútil, había muerto. Me solté a chillar todo lo que quedaba del día. Al octavo día hubo

armisticio y me fui de ahí a mi casa. Mi madre estaba muy preocupada, no mucho por mí, sino por mi padre que estaba desaparecido desde ayer. Nunca lo volví a ver. Tampoco volví por el cuerpo de mis dos compañeros. Cuando todo esto acabó y Madero murió, mi madre me mandó al norte, donde tenía familia y donde podría iniciar de nuevo una vida…porque la mía había acabado junto con la de miles que murieron ese día…” Su hija lo interrumpió, salió disparada para ver a su padre, me despidió sin nada más que decir y me fui, mientras los dos se quedaron ahí, abrazados. 

El vagón se detuvo en la estación Viveros, salí de esa estación y caminé hacia la casa del general, donde vi a María Elena de negro, con un cigarro en boca y el sable del general Contreras. Al verme tiró la colilla aún encendida y caminó hacia donde estaba. Me extendió el sable y me dijo que su padre, el General Fausto Medina, había muerto en la madrugada. Le di mi pésame y me sonrió. Fue muy raro verla sonreír por primera vez en mucho tiempo. Sentí incluso que la muerte del general para ella fue quitarse un gran peso de encima. Volví a mi departamento. Estuve todo lo que restaba de la mañana en mi balcón. Contemplaba a la gente, los autos y esa mañana soleada. Son traicioneras, pensé. Di una bocanada de un cigarro que tenía en mano y me metí a terminar este cuento. 

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