Abogado en silencio

La camioneta CRV modelo 2006 se deslizaba por las calles aledañas a Televisa San Ángel. En ella íbamos mi padre, mi abuelo y yo. Mi padre, economista jubilado, se notaba concentrado en el camino y en la radio, mientras que mi abuelo estaba ido, viendo a los autos que circulaban a nuestro alrededor pero en silencio, no porque él quisiera, pero porque ya no podía hablar tanto debido a la demencia que tenía desde hace poco más de 3 años. Desde entonces, cada jueves lo recogíamos y lo llevábamos a mi casa a comer.

En eso mi padre enfrenó y mi abuelo hizo la única reacción que hará en todo el camino a mi casa:

—¡Ay ay ay ay ay!

Es raro verlo así. Recuerdo los viernes por la noche que lo iba a ver a su despacho en la Torre Insurgentes. Estoico, serio, soltaba chistes recurrentes, pero, sobre todo, era mamón. No tanto conmigo, mi papá o mi hermano, pero si con sus empleados de su despacho de abogados, Cubillas & Sainz abogados, y su socio. Era duro, lo llamaban Licenciado de una manera solemne, pero se notaba su experiencia de mas de 50 años ejerciendo la profesión de abogado.

Ahora solo decía onomatopeyas, repite palabras y ríe. Da el avión, se enoja y hace rabietas. Llama “papá” a su hijo, mi padre, y pienso que me llegó a considerar como una especie de hermano en lugar de su nieto.

Al llegar a mi casa, lo ayudé a bajar de la camioneta y me sonrió, algo raro en el Jaime Cubillas Castillo del pasado pero común en este que se movía lento. Veía que lo hacia como una rara manera de mostrar sus buenos modales ante la gente, de agradecimiento, o la única forma de reaccionar. Sin poder decir muchas palabras, solo con una sonrisa.

Entramos a la casa y mi padre lo ayudó a sentarse en el sillón. Volteaba a todos lados como si fuera la primera vez ahí, pero daba especial atención a las piedras de colores, las que pensaba que eran dulces. 

—Enciende la radio, que le gusta escucharla. —me dijo mi padre y lo obedecí.
La encendí y parece que si seguía el hilo de lo que pasaba, ya que cada que anunciaban una tragedia, repetía la onomatopeya o decía “Que barbaridad”, lo que hacía que mi padre sonriera, ya que era una señal de que seguía aquí.

Ya comiendo empecé a notar a mi abuelo un poco nervioso, como si hubiera hecho algo “malo” y no quería que lo cacharan. No le di mucha atención y seguí con mi comida. Fue hasta que nos llegó ese olor fétido que supimos que había pasado. Había sido el mole o algo que comió desde antes, pero eso sí: El Licenciado se cagó encima.

Mi padre se paró con rapidez y lo ayudó a ir al baño y limpiar el cagadero. Era el peor escenario que, desde el principio y en cierta manera, habíamos previsto. Era alguien grande, con una enfermedad degenerativa que le avanzaba lento, pero avanzaba y ya no controlaba sus esfínteres. 

Al ver el desastre, Pa me pidió que fuera por ropa suya a su cuarto y se la pasara. Subí, entré a su habitación y agarré unos pantalones, unos calzones, una camiseta y corrí hacia el baño de visitas. Mi abuelo repetía una y otra vez “Que barbaridad”, de las pocas frases que recordaba. Mi pa lo intentaba tranquilizar, pero se notaba su estrés en sus ojos, su mirada de terror y lo blanco que se encontraba su rostro.

Después de ir al baño, Pa lo ayudó a subirse los pantalones llenos de excremento y subieron al mi baño, donde le quitó la ropa manchada y lo metió a bañar. Le di la ropa limpia y me salí del baño, ya que me sentía incómodo ver toda esa situación.

Pero era un día “normal” con él. Con alguien impredecible, distinto a la persona que fue antes de todo eso. Después de eso lo llevamos a su casa vestido en la ropa de mi pa y ahí lo dejamos. Vive en otro lado, con su otra familia, otros “Cubillas” pero intentar explicar eso me llevaría otro texto.

Nos despedimos y, en el regreso, adentro de la CRV modelo 2006, hablamos poco se ese suceso y nuestro mundo siguió girando.

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