La melancolía del viejo despechado

Frías las calles lucían esa mañana de noviembre. Mis piernas temblaban por el frío y ni siquiera un buen café las tranquilizaba. Caminaba por un 16 de Septiembre desolado, con algunos vendedores de ropa a punto de entrar a sus locales para hacer el inventario. “Pues sí, son las ocho de la mañana” pensé y seguí caminando. Mis manos empezaron a sentir el frío de la mañana, así que las cubrí con mi gabardina beige. Las caminatas matinales por el centro se han vuelto recurrentes los últimos meses y se debe a que Elena, el amor de mi vida, se fue a Europa con su hermana, con deseos de no verme nunca más.

Seguí caminado hasta Eje Central y me detuve frente a la avenida. Algunos autos pasaban y las farolas color ámbar iluminaban el frío y oscuro amanecer.

Continué mi camino, pero ahora en dirección a la torre Latinoamericana, me crucé con borrachos que apenas salían de las cantinas y con prostitutas decentes, que fingieron la gloria del pasado perdido por el dinero de sus últimos clientes. Caminé hasta Madero, crucé el eje y seguí caminando, por un sinfín de tiendas cerradas. Seguí mi camino hasta Reforma, pensando en Elena y en los errores que cometí con ella. “Pendejo” me repetí una y otra vez hasta que llegué a Reforma y me topé con una chica solitaria.

Piel blanca, ojos azules, cabello rojizo y corto. Usaba un vestido azul de lunares blancos, cubierto por una gabardina azul marino. Sus ojos brillaban con los primeros rayos de ese amanecer escondido entre las nubes. Estaba llorando, sus lágrimas caían al suelo y limpiaban el polvo del día anterior. Me acerqué a ella. Tenía un pañuelo en la mano y con eso se estaba secando las lágrimas.

– ¿Estás bien? Te vi llorando y… no quiero ser impertinente así que…– ella me interrumpió con un abrazo.

–Sabía que volverías, Vincent. Lo sabía–. Sus brazos se entrelazaron en mi espalda y se aferraron a mí, como si no me quisiera dejar nunca más.

–Emmm… Yo no soy Vincent–. Se separó de mí. Me miró como si fuera una abominación, un espécimen nuevo salido de un laboratorio.

–Entonces… Tú… Te pareces a mi Vincent, pero él tiene ojos verdes en lugar de cafés–conjeturó, limpiándose las lágrimas y viéndome de pies a cabeza–. Mi Vincent es más alto.

“Gracias por decirme enano, enana” pensé, intentando no decirlo en voz alta y hacerla llorar más.

– ¿Cuál es su nombre?

–Me llamo Alejandro Higueras. ¿Y usted?

–Dalia…– extendió su blanca y delicada mano–. Dalia Petricovich, para servirle.

–Dalia, qué lindo nombre.– dije y entrelacé mi mano con la suya, sintiendo sus suaves y delicados dedos, distintos a los de Elena, ásperos y duros.

Sonreí, ella hizo una pequeño gesto apenas evidente en su cansado rostro. Empezamos a caminar por la lateral izquierda de Reforma sin ninguna razón. Nos hacíamos preguntas mutuas:

– ¿Quién es Vincent?

–Mi amor verdadero.

–Y, ¿cómo lo sabes?

–Sólo lo sé. No tengo una razón concreta para explicar. Sólo lo amo–. Sus pasos eran delicados, su sonrisa blanca y perfecta, no como Elena, no como esa chica que se ríe por simplezas, que adula a Trotsky y a Lenin, que odia mis opiniones “plásticoburgesas”, pero con la que, por alguna razón, me casé. A veces me arrepiento.

–Y tú, ¿amas a alguien?– mis pensamientos fueron interrumpidos por esa pregunta.

–Sí, se llama Elena y es mi esposa.

–Pero no la amas.

Me detuve, silencié mis palabras y volteé a ver el anillo dorado de mi dedo anular.

–Perdón… no quise ser… ¿Quieres un café?– rápidamente cambió de tema, para que el ambiente no quedará tenso e incómodo.

–Sí…sí… me gustaría– dije. Nos encaminamos a un pequeño café entre Donato Guerra y Abraham González.

Nos sentamos en la primera mesa que vimos y platicamos de temas diversos. El amor, la desesperación del joven incauto, cómo concluyó el misterio de la ausencia del “amor verdadero” de Dalia; mi problema, que fue descrito por Dalia como “la melancolía del viejo despechado.” Reí al oírla e intenté cubrir lo obvio. Era infeliz con Elena. Desde que nos casamos, mi corazón le ha pertenecido a ella sin mi consentimiento y no he podido amar a nadie más desde ese momento.

Seguimos platicando, nos interrumpíamos para tomar sorbos de café, reíamos a carcajadas; la mañana se volvió tarde y seguíamos ahí. Acabamos el tercer café, pagué y nos fuimos de ahí, sonriendo, embriagados por la risa y la cafeína. Caminamos hacia Reforma, hacia el ángel y nos detuvimos ahí, porque ya no podíamos caminar más. Estábamos cansados y el sol quemaba las pocas ideas que nos quedaban. Entonces sin que yo lo pensara una segunda vez dije lo siguiente:

– ¿Por qué cuando te encontré estabas llorando?

Ella se quedó callada por unos minutos. Creo que estaba formulando alguna respuesta coherente, pero no pudo, así que me dijo la verdad:

–Porque… porque vi a un muerto.

Reí, por lo absurdo de la respuesta, pero ella hablaba en serio. Su cara lo demostraba.

– ¿Y quién era el muerto?

–Vincent.– dijo y sacó un revólver cromado, jaló el gatillo y, sin soltar mi último suspiro, caí al suelo.

Ella caminó hacia mí, llorando y repitiéndose “lo volví a hacer, lo volví a hacer.” Una y otra vez hasta que no pude resistir más. Cerré los ojos.

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